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lunes, 8 de enero de 2018

Principio del fin.

Llévame al fin del mundo.
Si todo está por escribirse, voy a caminar al menos un par de líneas contigo.
Había olvidado que el tiempo no espera.
Lo recordé justo a tiempo para regalarte la belleza efímera encerrada en la cabeza.
La poca que pueda quedar.
Presa de miedos, víctima de fantasmas y cicatrices de viejas batallas.
Mas me entrego a ti libre y mía.
Aunque quiera asesinarme antes que convertirme en suicida, antes de que destruya todo lo preservable.
Sabiendo que las fronteras se debilitarán y las palabras no siempre serán mantra ni ciertas acciones la verdad.
Y recuperarme antes de que rompa la cuerda, tratar de hacer un nudo tan resistente que permita sobrevivir.
Levantarme aún contra todo pronóstico, tocando si hace falta fondo para despegar hacia las estrellas.
Entregarme sabiendo que en la debilidad reside la fortaleza, en la tristeza la alegría, y en la oscuridad la luz.
Hacer un alto al fuego quizá peor que una guerra, una máscara de seda, una mentira que duela el doble que la verdad.
Reflejar los miedos delante del espejo, con el beneficio de la duda bajo probabilidad.
Sumando donde resta, quedando en tablas.
Con consciencia sobre la fragilidad fácilmente quebradiza al golpe certero, incluso con los ojos vendados.
Llegar contigo hasta el fin del mundo.
Volver para contarlo.


Principio del fin.

Yerma.

Volvemos a encontrarnos en el cara a cara de la habitación, con la luz sobre los cuerpos que se van desnudando como árboles de otoño.
Yo me vuelvo roja como la sangre, intentando que no me mires más de lo que mi pudor me permite aceptar.
Tú te vuelves castaña, como tus ojos, con esa calidez y olor que envuelve algunas calles por estas fechas.
Las hojas que cubren nuestros troncos, raíces y ramas caen al suelo silenciosas, descubriendo la savia que nos deja vivir y las formas nudosas que se han formado a lo largo de los años.
Como una enredadera que busca la luz, avanzas hacia mí, decidida y enérgica, acariciando con tus manos mi aún eterna primavera. A sabiendas de que el invierno está a la vuelta de la esquina, y con los recuerdos de un sueño de una noche de verano, me acuesto a tu sombra sobre una cama que ya se sabe de memoria las constelaciones de lunares de tu cuerpo.
Recorres trocito a trocito la corteza que me separa de otra yo, la que tiene un naranjo en flor casi en medio del pecho, la que riega con besos cada uno de tus brotes tiernos. Pero ella está detrás, y lo que sientes no es otra que la que se cubre con escarcha, la madera marchita que prende al más pequeño fuego.
Y en ti hay una margarita silvestre y traviesa que se cuela cuando menos te lo esperas, que tiene el tallo cortado pero hace cosquillas. Y un galán que se junta a una delicada dama en el momento estimado y oportuno.
Creces sobre mí, despliegas los pétalos como una mimosa a la mañana que empieza a entrar a medias por la ventana, y alargas los estambres hasta mis pistilos.
Estigma y estilo frente a antera y filamento, cubiertas de minúsculas gotas de rocío. O tigre y paloma sobre tu cintura, en duelos de mordiscos y azucenas.
La noche deja paso a la mañana, la vigilia al sueño, y caos a oniria.
Tú mueres en el invierno, tras abrirse el cielo contenido, y llover un par de veces con ansias y placer.
Yo muero tras las tormentas que preceden a la calma y descargan un par de rayos, con lóbrega contención.
Es igual que el agua nos llegue hasta el cuello ahora, pues el terreno ya está seco y baldío por falta de cuidados, y aquella incipiente semilla no volverá a florecer.