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sábado, 13 de agosto de 2016

Resorte.

Terminó la costumbre de hacerte café a media tarde, de llevarte los zapatos por la mañana y de despertarme cuando te metías más tarde que yo en la cama. Terminó la costumbre de ponerse bufandas los domingos, de gastar los veranos en la playa y de seguir cuando lo pedías. Terminó la costumbre de acercarme sigilosa y sobresaltarte, de escuchar el eco de tus pasos por el pasillo y de llegar tarde a todas horas. Terminó la costumbre de esperarte en el portal, de sentirme pequeña entre tus brazos y de ver caer las perseidas. Terminó la costumbre de encontrarte la luz al final de las pupilas, de recordarte lo que quedaba por hacer y de quedarme callada si no había nada que decir. Terminó la costumbre de perseguirte por el campo, de sondear las olas del mar y de restarle importancia a las derrotas. Terminó la costumbre de enfrentarte con diplomacia, de pensar con cabeza cada movimiento y de perdonar cada palabra fuera de tono.
Y terminé por amar las máscaras y las mares embravecidas, la cerveza en grandes cantidades y el humo de vez en cuando, el reír a carcajadas y el detenerse a saludar, la música en cada esquina y los juegos de cartas, el viajar a todas partes y el vestirse como se quiera, la veloz adrenalina en el cuerpo y los besos porque sí.
Y terminamos por no volver a vernos.
Ahora sólo quedan recuerdos y poco más.
No nos queda un futuro más allá.
Ya no queda nada.
Nada.

lunes, 8 de agosto de 2016

Al silencio.

,Yo no quiero saber por qué lo hiciste
.yo no quiero contigo ni sin ti
,Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes
.es que mueras por mí

Pequeña y dulce chispa,
Tenías tanta prisa por crecer...
Toda esa tristeza tuya escondida
Con los ojos no se consigue ver.
Querías ver el mundo entero,
Tenerlo bajo tus diminutos pies,
Pero, ¡ay!, pequeña chispa,
Ciertas cosas no pueden ser.
Viajaste paralela a otro planeta,
Bañaste tus besos con sal,
Y entre cielos de intensos colores
Todo acaba por salir mal.
Qué dura se volvió la vida efímera
Cuando llegó el triste final,
Qué duros tus ojos de prisma
Cuando, dolida, atravesaste el cristal.
Metamorfoseaste en hi*dra venenosa,
De entera oscuridad corrompida.
Abandonabas todo mientras ibas
Preci*sa hacia la nictofóbica salida.
Tras aquella prematura sobrecarga
La luz nívea quedó extinguida,
Y ahora sólo queda tiempo de curar
Tus lastimosas heridas con saliva.

lunes, 1 de agosto de 2016

Fin del mundo.

Volver a tan amado lugar,
¡oh!, donde habita el corazón.
Alejarse y comprender al fin
qué desgarrador llega a ser
estar lejos del ser amado,
entendiendo que no hay belleza
igualable a la suya: nadie
tan fiera ni tan vieja
ni tan inquebrantable.
Alejarse y llorar por eso
que llamo patria, hogar,
religión, rendición,
buscando -en vano-
el mar recortando
contra verdes valles y
montañas y esperanzas.
Pero uno siempre vuelve
donde deja el corazón,
porque los primeros amores
echan sus raíces dentro
y no mueren jamás.
No, no podría olvidar
al amor de mis amores
tan fácil como otros
olvidan sus orígenes y
nacen -otra vez- distintos.
No podría olvidar la felicidad
de sentir la lluvia sobre la piel
y el aire puro y la tierra húmeda
bajo los pies en medio de la nada,
la sensación de libertad,
el misticismo entre carbayos,
el salitre adherido a la ropa y
la salvaje naturaleza hechizante.
Vuelvo a ti imantada, amada
del norte tras el muro,
esperando que me acojas
en tus brazos nudosos y sabios
bajo el tenue sol que se esconde
mientras nacen arcoiris y la vida
florece a nuestro alrededor,
supurando mitología en cada recodo
y empapando mis ojos de la niñez
que aún mantienen los poetas
al verte viva como nunca, aunque
algo abandonada desde 80 años
y algo más, pero siempre
inmortal al paso del tiempo.
Así que, tras larga y sufrida
espera al sol naciente,
vuelvo al poniente de mi alma
y de mis sueños indómitos,
a bañarme contigo en ríos
impetuosos y bailar
con las gaitas que insuflan
el deseo de escanciar
para devolverte
todo lo que nos das.
Que tú eres mi alfa y mi omega
y brindo por ti allá donde voy,
llevada por el orgullo de ser
-aunque viva entre
frío y oscuridad-,
y abandonarme a tus encantos.
Me postro ante ti y permito
que raptes mi corazón
-una vez más y no la última-,
amada mía, amada tierra,
amada Asturias.