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miércoles, 22 de febrero de 2017

Polvo de estrellas.

Fueron cayendo, uno a uno, como moscas.
El frío se acopló a sus labios, el color expiró en sus mejillas.
Fueron callando, uno a uno, como absortos.
El sudor brilló por su ausencia, los ojos se anegaron de lágrimas.
Fueron pocos. O tal vez muchos. Ya no recuerdo bien.
Existía tanta agonía que el número era irrelevante
frente a la tristeza de todos estos años.
Existía tanto dolor, tanto sufrimiento... Y existe.
Felicidad es un término que algunas han llegado a olvidar o
expectorar como si fuese cancerígeno.
Falta valor para atreverse a ser felices y
enfrentar la culpa y los remordimientos.
Falsas sonrisas es lo único que pintan en la boca,
entre lágrima y lágrima y temblor y temblor,
fingiendo horriblemente que todo está bien.
Exageraciones es lo único que les sale de dentro;
fuera tan sólo son una piel marchita y
engalanada en sus mejores trajes.
Fantasía contamina sus mundos frágiles,
exterminando lo más pequeños atisbos de realidad y
fertilizando todo aquello que acabará por quebrarles.
Evaden preguntas, imploran misivas,
faltan respuestas, alargan miradas.
Fusiles disparan balas certeras en sus cabezas,
en medio del caos y la confusión, augurando
féretros ansiosos de llenar el vacío no
extrínseco de sus límites.
Flores pisadas bajo el peso de sus cuerpos,
Edelweiss salvajes que mueren de forma
fatal, asesinadas brutalmente y
echadas a perder casi inconscientes.
Fúnebres campanas tañen entre las venas diurnas
el último adiós del tiempo no detenido,
frío y mortecino al contraluz del sol
entre las nubes borrascosas del ahora.
Familiares rostros caen en monotonía de tristeza
entreabierta a una oficina de mármol blanco y gris,
frecuentando fáciles fallos fugazmente finiquitados.

jueves, 26 de enero de 2017

Tatuaje y cicatriz.

Tus manos se levantaron amorosas esa mañana. Revolverme el pelo como un cachorro y abrazarme con fuerza fue casi lo primero que hicieron. Minutos más tarde estarían invitándome a desayunar en una cocina blanca e impoluta, siendo el silencio menos silencio por el sonido de la cafetera y el tic-tac del reloj.
Pensaba que pronto se abriría paso una tarde soleada, de esas donde no tienes que preocuparte por absolutamente nada y te entretienes con pasatiempos para que los minutos se sucedan más rápido.
Hay que ver lo que me gustan los desayunos con un vaso de zumo de naranja recién exprimida y un par de tostadas con mantequilla y mermelada. Más que gustarme, me vuelven loca, y aún más cuando haces equipo con otra persona para disponerlo todo. Entre que una va y la otra viene parece que la energía salta por las paredes incontenida y acaba por solaparse a los cuerpos.
Leche, café, azúcar, sonrisas cómplices y ojos relucientes de alegría, tus largos dedos removiendo con la cucharilla en la taza y mis dedos copiosos de pianista haciendo lo mismo. Mordiscos para aquí y mordiscos para allá, y chasquidos de besos que estallan al aire y vuelan de un extremo a otro intermitentes.
Qué suerte la mía despertarme así contigo, sintiéndome querida y protegida en ese espacio que llamo hogar. Qué suerte recordarte con tanto amor aún cuando terminaste por destrozarme el corazón.
Cuando recogimos los cacharros, cada uno hizo lo propio y se retiró hacia sí mismo dejando margen al otro, aunque el mío fuese como de costumbre para guardar las botas militares tiradas por cualquier esquina y hacer la cama tras dejar ventilando la habitación, eliminando cualquier prueba que delatase el sueño a tu lado. Poco más podría hacer que ir recogiendo por partes el desorden generado el día anterior, pues entendía de sobra que eran puntuales los momentos para estar contigo y no se correspondía con entonces.
Con los segundos contados, te vestiste como un autómata tratando de recordar todo lo que tenías que llevarte, mientras yo esperaba a la triste despedida que me separaba de tus brazos. Quizá entonces, de haber sabido que ibas a mentirme, hubiese preferido huir bien lejos de la verdad atónita con la que iba a cubrirse mi piel.
Avanzaste pasillo adelante mientras seguía con suavidad tu estela de pasos, contando las horas que habrían de pasar para volvernos a ver. Frente al espejo que colgaba en la entrada, me besaste la frente como si me asegurases así tu cariño sincero sin medida, y yo, tan acostumbrada a dejarme llevar por las emociones, te guardé en un abrazo que no conseguía protegerte del todo.
Con mis ojos reflejo de los tuyos, te descubrí todo lo que pude y más el amor que enlazaba mi alma a tu existencia y sonreí guardando los dientes, estirando las comisuras hasta que mis mejillas parecían dos pequeñas manzanas sonrosadas.
Me respondiste dibujando esa sonrisa que me hacía pensar que, si existiese un cielo donde resucitar, tendría lugar entre esa tierna calidez. Pronunciando un adiós desenfadado, saliste por la puerta para descubrirme con horror que era el último esta vez, que ya no ibas a volver.

martes, 20 de diciembre de 2016

En calma.

Echarte de menos es la costumbre silenciosa de sentarme en el sofá y repetirme que no vas a volver de forma obsesiva, de forma compulsiva.
Echarte de menos es echar la vista hacia atrás y contemplar el tiempo en el que una vez fuimos felices, y menos felices, pero no tanto como ahora.
Echarte de menos es que pasen los días y sigas aquí, conmigo, besándome los ojos, aún cuando se dice que la distancia es el olvido.
Echarte de menos es la dificultad cuando me persigue la creencia de que debería superarlo, que debería dejarte ir de una vez y no aferrarme a lo único que me queda de ti.
Echarte de menos es el recuerdo de sentarme contigo a ver las perseidas, de entrenarme con tu sombra hasta romperme por dentro y seguir entre lágrimas sólo porque tú me lo pides.
Echarte de menos es caerse y levantarse, aullarle al mar por arrebatarme el amor pero sentirlo maravilla por haberme desentrañado todos sus secretos.
Echarte de menos es comerme una manzana sin ganas de comer, y menos cuando no puedo mirarte con fastidio porque te vas a llevar casi la mitad de un mordisco.
Echarte de menos es dormirme abrazada a la nada mordiéndome los labios, de espaldas al mundo que intenta hacerme creer que saben hacerlo tan bien como tú.
Echarte de menos es el humo que escapa de mi garganta y me convierte en una aprendiz de dragón, bestia parda que no se contiene a lanzarse sobre sus víctimas sin cuidado.
Echarte de menos es bailar desnuda delante de los espejos que no me reflejan, como un vampiro que teme la luz solar que trata de colarse por mi ventana.
Echarte de menos es aguantar la respiración un par de veces al día y contener en la medida de lo posible las lágrimas que nacen copias de tus ojos.
Echarte de menos es tomarme un cortado frío con gotas de alcohol, recorrer el futuro muerto en soledad y no atreverme a describirlo verdaderamente con palabras.

sábado, 13 de agosto de 2016

Resorte.

Terminó la costumbre de hacerte café a media tarde, de llevarte los zapatos por la mañana y de despertarme cuando te metías más tarde que yo en la cama. Terminó la costumbre de ponerse bufandas los domingos, de gastar los veranos en la playa y de seguir cuando lo pedías. Terminó la costumbre de acercarme sigilosa y sobresaltarte, de escuchar el eco de tus pasos por el pasillo y de llegar tarde a todas horas. Terminó la costumbre de esperarte en el portal, de sentirme pequeña entre tus brazos y de ver caer las perseidas. Terminó la costumbre de encontrarte la luz al final de las pupilas, de recordarte lo que quedaba por hacer y de quedarme callada si no había nada que decir. Terminó la costumbre de perseguirte por el campo, de sondear las olas del mar y de restarle importancia a las derrotas. Terminó la costumbre de enfrentarte con diplomacia, de pensar con cabeza cada movimiento y de perdonar cada palabra fuera de tono.
Y terminé por amar las máscaras y las mares embravecidas, la cerveza en grandes cantidades y el humo de vez en cuando, el reír a carcajadas y el detenerse a saludar, la música en cada esquina y los juegos de cartas, el viajar a todas partes y el vestirse como se quiera, la veloz adrenalina en el cuerpo y los besos porque sí.
Y terminamos por no volver a vernos.
Ahora sólo quedan recuerdos y poco más.
No nos queda un futuro más allá.
Ya no queda nada.
Nada.

jueves, 22 de octubre de 2015

Jinetes de mar.

Ahora que el sol me roza la piel, como harían tus dedos,
que el viento me desordena el pelo, nordeste como tu aliento,
que el rumor de la calle es lejano a mis oídos, porque aún mantengo la música de tus palabras.
Ahora que la tinta es azul, como mi mente fluctuante y venas,
que el calor humea en mi garganta, zumo de humo afrutado,
que mis ojos visualizan lo intangible, porque te sientas en el penúltimo escalón.
Ahora que los árboles respiran, como mi voz duerme su letargo,
que tu sonrisa vive, radiante aún en mis recuerdos,
que no existe luz sin oscuridad, porque el negro es sólo falta de luminiscencia.
Ahora que yo soy yo, como fui no hace mucho otra,
que tú eres tú, lejano a esta orilla del mundo,
que nosotros fuimos uno, porque cierta vez estuvimos unidos en vida, alma y esencia.
Ahora que mi corazón late la sangre, como la mar la luna,
que bailo con la muerte a los talones, mi más leal compañera,
que aúllo al inmenso vacío que siento por dentro, porque voy como gato sin dueño por aceras y tejados.
Ahora que cierro mis sentidos, como tus labios cayeron en discordia,
que tanto me pesan los huesos, titanio y tungsteno aleados en naftalina,
que las sombras se ciernen a mi alrededor, porque la brújula no marca el norte, sino...
                                     *último soplo*    *frío*

domingo, 30 de agosto de 2015

Nox eternam.

Que me partan las manos -y que los que no sepan digan que soy una bestia- si he conocido una sonrisa más maravillosa que la tuya. La de fruncir los labios y estirar las comisuras como si se fuese a desgarrar el tejido de un momento para otro, y la de enseñar esos dientes de marfil y perla tallados exactamente a la medida de tu boca -y de mi amor-.
Cuántas veces habré querido sentirla con acuciada urgencia en los momentos más aleatorios y escogidos... Sentir la firmeza de tus labios tirantes y del sentimiento que la dominaba, porque no saben ellos que también a través de los ojos se siente -al analizar-. Y sobre todo, sentir cuando se transformaba en un beso e impactaba con un chasquido -por la compresión al vacío- sobre mí, envolviéndome en un eco que se vería reflejado en la eternidad -de mi memoria-.
Cuántas veces habré implorado tenerla de vuelta a mi lado, contagiándome de felicidad y algarabía, haciéndome estallar en una estrepitosa, repentina y risueña carcajada, sin saber yo por qué con exactitud. Cuántas veces habré yo... Cuántas veces...
Ahora sólo me queda decirte que todo parece más viejo sin ti, y más triste. Que las noches son más largas y encima vivo 2 noches al día; o que me expliquen el motivo de que, a las doce del mediodía, sea para mí luz crepuscular. Será que se ha ido la luz, será; aunque tu recuerdo sea el faro para un debate entre navegar y zozobrar... Y que al final de las pupilas de la gente sigue habiendo algo que impide que se les ilumine el alma, que hace que me miren como un espectro, y a veces quiero gritarles que no soy un retrato, que se equivocan, porque yo jamás podría ser -en su bello ser- un reflejo de ti. Así que, de su costumbre en su defecto, o efecto colateral, las mías van siempre inundadas de agua de mar por dentro, donde nadie puede ver -el dolor-.
Aún a día de hoy tengo que escuchar a esos expertos analistas que todos tenemos en nuestra vida y te dicen qué piensas o qué sientes, con total exactitud en su versión de los hechos. Cualquier cosa que piense por mí misma sobre mí queda anulada para ellos, puesto que son la máxima clarividencia y poseen la verdad absoluta -nótese mi, ya para ti conocida, ironía-. Así que acostumbro a reírme ante sus juicios y activar un melodía en mi cabeza para que resuene cuando hablen, sin saber.
De un modo u otro, no me queda otra que resignarme hasta el final; y mientras sigo estando separada de ti por densas aguas negras, no dejo de recordar -ardorosamente- el nombre de tan conocida laguna.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Antropomorfia.

No te digo cuando empiezo a sentir frío en el cuerpo y no estás para abrazarme y protegerme del invierno, que se hace eterno sin ti. No te digo cuando me doy la vuelta y deseo encontrarte sonriendo, con los ojos iluminados por el sol de mediodía. No te digo cuando escucho el portazo de la entrada y salgo a recibirte, como casi siempre que se me olvida que ya no vas a volver. No te digo cuando imploro que resuene el eco de tus pasos por el pasillo, con ese ruido tan característico, pero poco va a sonar ahora sobre el parqué.
No te digo cuando me despierto a cualquier hora y el silencio se acopla a mis labios, muda de ausencia y rota de esperanza. No te digo cuánto llega a molestarme si alguien ocupa la cabecera de la mesa, porque tú deberías sentarte frente a mí. No te digo cuando dejo un proyecto a medio hacer y nadie me grita que siga, el vacío que me recorre y paraliza durante segundos. No te digo lo estúpida que me siento cuando me visto a prisa y corriendo, y te llamo una sola vez en alto para no llegar tarde una vez más. No te digo que ya no me duele pasear entre lugares repletos de flores. No te digo que convergen la noche, la tarde, la mañana y el amanecer en una carretera a orillas de la costa. No te digo cuando vuelo bajo tu mente pero más alto que cualquiera, sólo cerrando los ojos mientras mi mente se colapsa de melodías. No te digo cuando me encuentro la cama deshecha y desordenada, mientras la rabia se apodera ante el frío que la cubre. No digo que no te quiero, porque pase lo que pase, me es imposible no quererte.

martes, 4 de noviembre de 2014

Muerte del alma.

Antes de que se muera el firmamento,
recordarás qué fuimos bajo el cielo infinito,
anhelando la armonía de nuestros cuerpos.
Antes de que se extinga la luz,
parpadearás sobre la rueda de fuego del pavimento,
jugando a cara o cruz con dados de doce caras.
Antes de que se comprima el calor,
tiritarás a la avenida de tu sombra,
alzando los muñones de tus alas descosidas.
Antes de que me hayas visto,
ya estaré saliendo por la puerta,
renunciando a todas las promesas que te hice.
Antes de que vuelvas a verme,
ya habrás muerto y renacido,
conociendo todo el dolor que causan las ausencias.
Antes de que hagamos como si nada hubiese pasado,
ya habremos condenado al tiempo que no supimos congelar,
sintiendo la calidez en los labios cuando asomen los 'Te quiero'.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Retales de memoria.

Es ahora cuando me vuelvo a sentar, frente a una hoja de papel, y me vienes a la cabeza otra vez, impidiendo que pueda escribir nada más.
No me vienes a la cabeza porque vuelves a entrar, lo que pasa es que te descubres de las sombras por donde andas metido, mientras pienso en mi día a día: en lo que me voy a poner, en lo que tengo que hacer, en lo que voy a matar el tiempo... Desde que entraste, sigues ahí, nunca te has ido; y eso que he intentado desterrarte y echarte, pero eres más fuerte y te aferras a mi debilidad.
Por añadidura, estás anclado a esa máquina que hace ruido como un tic-tac de reloj, mientras bombea líquido rejuvenecedor por mis marcadas, fisuradas, marchitas y frágiles autopistas. ¿Cómo amar a otras personas, si sólo te quiero a ti? Aunque ya no quieras verme, dejes que suene el teléfono, pretendas deshacerte de mí. Aunque intente engañarme diciéndome a mí misma que ya has caído en el olvido, acabando con marcas después de un momento de compañía en soledad, desengañándome de que alguna vez fuiste importante para mí. Aunque bese otras mejillas, y mire a otros ojos, y corresponda a otra sonrisa, y aferre en plena calle otras manos, y acaricie otra piel, y huela otro perfume, y muerda otras orejas, y me esconda en otro cuello, y diga otras tonterías, y meta la pata en otras situaciones, e intente arreglar otros destrozos, y palpite con otra voz, y baile junto a otros pies, y abrace otros brazos, y llore por otra causa, y preste otra atención, y cante otra canción, y finja otro enfado, y burle otros besos, y sacuda otro cuerpo, y grite otra vez.
Si te digo que me parece que hace milenios que no nos vemos, con los mismos ojos, me dirás exagerada; y es verdad, pero de años va la cosa. Si te veo, ya no existe la misma felicidad llena de cariño y entusiasmo; esa que desbordándose por las pupilas, teñidas de un brillo especial, ensanchaba el alma y nos estrellaba el uno contra el otro; mis clavículas contra tu pecho, tus labios contra mi frente. Si hablamos, es de forma fría y monologar, lo que me mata, puesto que no intentan salir de tu garganta palabras de afecto, las que me hacían sentir querida en este mundo cruel. Ya no me siento entre tus piernas y giro la cabeza para mirarte, donde te encontraba observándome con una sonrisa de oreja a oreja. Ya no me tumbo sobre la cama y me recojo sobre mí misma, abrazándome las piernas triste; para tenerte enfrente, acariciándome las mejillas o rozando suavemente mis oídos, mientras susurrabas. Ya no me siento a esperarte en el muro frente al mar, donde solíamos sentarnos, de lo que sólo quedan testigos varios atardeceres y algunas lunas llenas.
Aunque aún dice mi esperanza que me quede quieta, que hoy quizás sí, he dejado de hacer muchas cosas, porque sé que no vas a volver. Estás bien dónde estás: haciendo las cosas que haces, visitando los lugares que visitas, olvidando lo que debes o no olvidar. Y no puedo reprocharte, porque eres feliz y yo quiero que seas feliz. Vas a ser feliz, allí dónde estés. Las cosas saldrán bien para ti siempre que quieras, eres una persona con mucha suerte. He visto tantas veces como Fortuna te guiñaba un ojo con complicidad...
Da igual cuantas veces haya intentado herirte, cuando la situación se desbordaba ante mí y se me iba de las manos, e intentaba dominarte con ojos fieros y lengua viperina: voy a cuidar de ti siempre; aunque no vuelvas, y con todas las disputas de por medio, todos los vaivenes de sube y baja. Y por muy en desacuerdo que estés, voy a querernos toda la vida; si tú no estás para salvarme, quién mejor para hacerlo que yo misma.

martes, 1 de julio de 2014

Llegar al sol.

¿Cómo quieres que me tumbe a tu lado y haga como que nada ha sucedido?
Si me acerco sigilosamente y, desde detrás de tu espalda, percibo que sonríes porque ya me has visto, mientras el mundo para mí vibra con la respiración que profesas cansadamente.
Si me coloco enfrente tuyo buscando ansiosamente cualquier contacto físico o mental, que me demuestre que no es un sueño y estás justo ahí, sentado con las piernas cruzadas.
Si te devuelvo la sonrisa y me inundo en tus ojos claros y profundos, que me enredan en el más profundo abismo de todo tu ser, que me impiden ver la luz del día.
Si tiras de mí, provocando que me caiga encima tuyo y te aplaste, y ríes mientras pegas tu rostro cerca del mío con los ojos risueños, soñadores, alegres, niños.
Si me abrazas fuertemente contra tu pecho, como si quisieses impedirme respirar, y con el rítmico sonido que generan los labios al posarse sobre mí, me besas las sienes.

Y no lo ves, me confundes: mi mente fluctúa en divagaciones incesantes y maleables, mi cuerpo se abandona a la suerte de estar a tu lado, mi ser se embota de todo el aire que pasa por mis pulmones, mi alma se alimenta de tristezas y alegrías.

¿Cómo quieres que permanezca a tu vera y olvide todo lo que ocurrió?
Si estoy a tu lado, pero estando sin estar ya que, ni yo pertenezco a tu mundo ni tú perteneces al mío, mientras nos conformamos con vernos tras el cristal.
Si te acaricio las manos y no siento la calidez de antaño, no siento la suavidad de hace tiempo, no siento tu mortal presencia, no siento que estamos vivos, no siento.
Si se palpa la tensión del ambiente, que nos aprieta forzosamente el uno contra el otro, como cadenas enrolladas alrededor de los cuerpos que se debaten buscando escapatoria.
Si contemplo admirada tu rostro aterciopelado, marcado por el dolor, sin que me permitas abandonarme en la dimensión donde me hallo y comenzar a llorar.
Si es ahora cuando me atrevo a abrir los ojos, que están ciegos de no verte, y maldigo la tardanza que he procurado en hacerlo, pensando que el llegar a tiempo no está hecho para mí.

Y no lo percibes, me desvelas; mi cabello se esparce y desordena con el nordeste que nunca sopla, mis huesos se moldean con cada presión que ejerces en ellos, mis pestañas se parten con el agua que emana de las copas vacías, mi piel se eriza cada vez que rozo lo intangible.

¿Cómo pretendes que te quiera y deje de lado el silencio del inmenso vacío?
Si con los ojos empañados, me observas sin reconocer a la persona que soy, a la persona que has moldeado, a la persona que has amado.
Si el tiempo avanza y pasa factura, te busco y nunca te encuentro, nos sobran los motivos para alejarnos,  llegamos siempre tarde cuando hemos de tomar buenas decisiones.
Si pretendes que, sin tu apoyo y protección, siga caminando apartada del dolor, sonriendo como una verdadera heroína mientras el corazón llora tu eterna huida.
Si llegaste al fondo de mi alma, sopesando que tal vez ya estuvieses ahí desde antes de que tuviese noción del tiempo, y en estos momentos te evades de la situación.
Si has roto dos cosas que nunca han de romperse, mientras trato de reír si lloro, y trato de llorar si río, porque sé que tengo motivos para hacerlo sin temor a ser descubierta.

Y no lo sientes, me muero; mi vida se consume como una vela que tilila en un rincón, mi aliento empaña los cristales de tu voz callada, mi esencia se encierra en su propio interior compadeciéndose a sí misma, mi libertad se desvanece en un desgarrador grito teñido de devastación.

viernes, 2 de mayo de 2014

En la piel.

Vuelve.
No lo soporto.
Te veo, te siento, y estás, en cambio, tan lejos.
No consigo olvidarte, no quiero olvidarte.
Mi habitación está empapada por tus recuerdos, cada rincón esconde alguna de tus caricias.
Es en noches como esta cuando me apetece que aparezcas por la puerta, con una sonrisa que te llena todo el rostro y que hace pensar que no hay nada de lo qué preocuparse; me apetece que te internes en mi cama, buscando mi calor, dándome un abrazo que haga se se me rompan y suelden las costillas a cada segundo. Que me mires a los ojos, me des un beso en las sienes, y consigas hacerme llorar, depurar el dolor interno, y prometerme que vas a cuidar de mí, que vas a estar siempre.
Hay veces en las que quiero hablarte, pero no sé cómo empezar, qué decir, qué hacer, qué discurrir, si voy a molestar. Y tú nunca me hablas, cosa que me disgusta terriblemente, y yo muero. Así, como idiotas, estamos sin hablarnos, esperando a que la situación sea propicia. ¿Cuándo saber si lo es o no? No es tan difícil dirigir un saludo, enviar varios recuerdos, mandar todos los besos pendientes.
Mis ojos, mis tristes ojos, mis cansados ojos, mis doloridos ojos, mis rotos ojos, mis descosidos ojos, te buscan desesperados. ¿Entre qué sombras te ocultas, te apartas de ellos?¿Por qué lo haces?¿Qué han hecho? Sólo eran sinceros, no se callaban nada de lo que querían decirte, no querían hacerlo porque te amaban con intensidad, y lo siguen haciendo, ¿o es que no lo ves cuando miras el interior de mis pupilas?
Clemencia, piedad, misericordia.
Vuelve conmigo.
O arráncame el corazón.
Estás ahí, sigues ahí, incluso a veces vuelves a mí, pero yo nunca estoy atenta cuando eso ocurre.
Sal a caminar por las calles con paso ágil, sal de mis recuerdos y materialízate ante mí. Agarra mis muñecas cuando esté débil, no dejes que sangren otra vez, limpia mi mente de negatividad. Sostén mi cuerpo inerte entre tus brazos cuando cruces la frontera, corta mis endurecidas venas de titanio. Abre las costuras de mis labios, insufla el aire de la vida a mis pulmones, dame tu protección. Dime que me sigues queriendo, aunque ya no pueda verte, aunque me hayas roto el corazón, aunque nos hayamos alejado bruscamente.
Vuelve.
O iré yo a por ti a buscarte.
Y tú verás, qué es lo que más te conviene.
No es justo. Dijiste que te ibas cuando ya te habías marchado, mandaste un beso cargado de emoción y espectros de lágrimas jamás derramadas, viraste hacia arriba mientras soltabas mi cuerpo, abandonándome frente a las puertas de Morfeo y Fortuna.
Como un perro fiel, que esperará a su dueño toda la vida, yo sigo pacientemente esperando, a que vuelvas a por mí, mientras loca, locamente te quiero, mientras viva, vivamente te adoro, mientras nueva, nuevamente te lloro.

sábado, 19 de abril de 2014

Código de amor.

Me muero por gritarte que no te vayas, que no me abandones.
Me muero por despertarme apoyada en tu pecho, cuando el sol abra un nuevo día.
Me muero por seguir siendo capaz de sorprenderte, enorgullecerte.
Me muero por abrazarnos en un día de lluvia, apretujándonos todo lo posible.
Me muero por escucharte decir las cosas que nunca has dicho.
Me muero por descubrirte todas las cosas que pienso por minuto.
Me muero por corresponder a tu sonrisa despeinada, desarreglada, desenfadada, desinhibida.
Me muero por hacer eternas tus delicadas caricias y confesarte que tú nunca morirás.
Me muero por tu ausencia, la que expande la esculpida escarcha en mi interior.
Me muero por divertirte y que niegues con la cabeza, desechando cualquier duda que te asalte.
Me muero por explicarte cada una de mis miles de cicatrices.
Me muero por tu esencia, que me pierde mientras respiras en mis pulmones.
Me muero por sentir tus besos, oír tus labios susurrar palabras inteligibles para mi corazón de bromuro.
Me muero por dibujar una línea infinita en tus espalda y descubrir lo más profundo de tu horizonte.
Me muero por ser para ti, que me quieras tanto que le duela al dolor.
Me muero por tu mirada cansada sobre mí, mientras me sueltas el pelo para que caiga como una cascada.
Me muero por inquietarte si no sabes de mí, desordenarte las ideas, romper todos tus esquemas.
Me muero por mirarte ensimismada, aguantando la respiración si cambias de posición.
Me muero por hundir las manos entre las nubes de tu pelo, desprender el olor de tu champú.
Me muero por recorrer con las yemas de los dedos tu piel, paladear tu cálido contacto.
Me muero por brindarte toda la felicidad que soy capaz de entregar cada instante.
Me muero por abrirte las puertas de mis infiernos, con sus pros, sus contras, sus bellezas inusitadas.
Me muero por beber de tus ojos y ahogarme en ellos, encharcarme hasta el halo que no tengo.
Me muero por quemar tus cenizas, arder como lengua de fuego, asistir al renacer del ave fénix.
Me muero por empañar los cristales aguamarina de la habitación, alentarte a que te desvanezcas.
Me muero por extirpar de tu ser los demonios que te hacen estremecer mientras duermes.
Me muero por sentir la energía fluctuando a nuestro alrededor, electricidad que nunca duerme.
Me muero por despegar del suelo con magnificencia y llegar a donde estés tú.
Me muero por llamarte en voz alta y en silencio, con besos y abrazos, y que siempre contestes.
Me muero por volver a ponerme ese vestido que te gusta tanto y que me saques, otra vez, a bailar.
Me muero por suspirar quedamente entre tus omóplatos, arañarte desde las entrañas hasta los huesos.
Me muero por la estrella que esconde cada una de tus pupilas, incinerar mis cuencas ya vacías.
Me muero por derramar las últimas gotas que fluyen por mi venas marchitas en tus arterias de titanio.
Me muero por evitar todas las balas por ti, clavarte más profundamente en el alma libre y salvaje.
Me muero por desterrarte al olvido del olvido, que llegues a ser mi rendición.
Me muero por presionar mis labios en tus nudillos, hasta que queden cortados y desangrados.
Me muero por aferrar tus clavículas, colgarme de ellas, quedarme enganchada por las muñecas.
Me muero por expirar el miedo, vaciar el cuerpo y llenar el espíritu, fundirnos en un mismo elemento.
Me muero por golpear fuertemente el centro de tu pecho, conseguir que el corazón lata desbocado.
Me muero por sentirme más viva que nunca, ahora que me has descubierto lo efímera que es la vida.
Me muero por decirte que te quiero, y no asumir, tontamente, que ya lo sabes.