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martes, 4 de octubre de 2016

Penitencia.

Y si es mejor quererte sin permiso,
con rabia y al contado,
yo te querré como jamás te quiso
quien más te haya marcado.

El camino era demasiado largo.
O quizá lo era mi tristeza.
Es difícil asegurarlo cuando la respuesta fue la huida.
Tal vez las paredes empezaban a asfixiarme,
o los cristales comenzaban a rajarse,
o mi voz se quebraba a media palabra.
Se volvía difícil besarte con los ojos y
saborearte largo tiempo la ilusión, todo
porque, al final de tus pupilas, se reflejaban
dos soles opacos que desistían de luchar
contra la desolación y el abismo.
Intentar ganar a tu risa se hizo
meta imposible puesto que, a veces,
olvidaba cómo estiran los vértices
mientras expulsas un soplo de aire
-que hace vibrar todas las cuerdas-
y el tiempo parece detenerse un instante.
No pudiendo recordar tan desprogramado detalle,
¿qué me retenía a tu lado sin llegar a enfermar?
Hay costumbres ciertamente contagiosas, y yo,
tan acostumbrada a contagiarte y envenenarte,
entendí que lo que fuera la cura sería entonces letal.
Por ello y algo más, puedo jurar
la sucesión de nobles intenciones
-calamidades catastróficas, pero nobles-
planeadas con astucia y ejecutadas con destreza.
Que sé de la crueldad, el frío y la insensibilidad
a la luz de los acontecimientos,
siendo imposible perdonar en la totalidad,
pero si tan sólo hubieses conocido algo
de lo que quedó oculto en las sombras...
De haber guardado las formas, tú nunca
hubieses alzado el vuelo desde el fondo...
Y no era lícito ahogarte por mí.
Llámame mejor egoísta, con rabia, con l*cura,
-mientras me ajusto la máscara-
y piensa, con dolor escondido,
que el amor de asturcón no se puede domar.

domingo, 29 de marzo de 2015

Vértice del horizonte.

Si te paras a pensarlo,
La ruleta cobró vida,
Todo comenzó hace tiempo:
Luego, el dolor se comprimió.
Antes de darme cuenta,    
Aprendí que es lo falla
Ya habíamos encallado.            
Sin haber felicidad.
Yo me desvivía por ti,  
Subrayabas mis pupilas,
Tú mirabas hacia mí          
Volando contrario al sur;
Y veías a esa chica            
Con la brújula tan rota
Dada siempre a sonreír.      
Sin tener a dónde ir.
Nos llovía julio encima,        
Componías melodías,
Con sotavento de septiembre  
Alguna hablaba de más...
En medio de la calle                
Letras que arrastraba el viento
Sentenciaste a pulmón.          
Se colaron en mi habitación.
No necesito la química,        
Entre el humo y el tequila,
Para hablar de tú y yo.          
Con los ojos enrojecidos;
El contacto de tus labios,      
Sobrevive ese recuerdo:
Genera electricidad.            
Escalofríos del adiós.

Mezclabas los colores,          
Mezclabas fantasías,
Estrenabas paletilla.                
Alentabas a seguir.
¿Cómo quedaron aquellos retratos  
¿Qué fue de aquellos abrazos
Llenos de sombra y ternura          
En medio de la estación
Bajo luz de luna llena?                
Dispuestos a confesar?

Comprendías lo que era,                
Comprendías lo que era,
Lo que nunca quise ser,              
Lo que nunca quise ser,
A dónde llevan mis pasos,        
A dónde llevan mis pasos,
Cuándo podré volver.                
Cuándo podré volver.
Aún nos siguen quedando,          
Aún nos siguen quedando,
Esas tardes de café,                      
Esas tardes de café,
Que van cortas de silencio              
Que van cortas de silencio
Y bien largas de hermetismo.      
Y bien largas de hermetismo.

Volverán a ti las memorias                
Esas tardes de café,
Bañadas del alba que estrenamos        
Con excesos de análisis
Mediados de líquido inflamable.          
Y falta de corazón.


martes, 9 de diciembre de 2014

Asturcón indomable.

Ven, háblame sin horarios fijos, desvélame de madrugada con todas tus anécdotas que suelo escuchar, perturba mi tranquilidad con la alegría característica.
Ven, abrázame con fuerza, libérame de todo el peso que acostumbro a cargar, quítame todo el aire en un instante tan breve.
Ven, siéntate en el muro frente a mí, deja que te envuelva el salitre y la brisa marina, apóyate en el faro mientras sigues la trayectoria de las nubes.
Ven, camina manteniendo el ritmo, permite que te arrastre a lugares que nunca antes hubieses imaginado, acepta toda mi energía tal como es.
Ven, bébete el café con delicia, escóndete tras el ruido que te rodea, piensa detenidamente en todas las frases que he citado ya.
Ven, permite que se apaguen todas las farolas, afloja la tensión entre risas fluidas, quiéreme como nadie más sabría hacerlo.
Ven, acógeme en múltiples estados, procura aplacar mi tristeza infinita, sigue sorprendiéndote con mis metástasis mentales.
Ven, sonríe para desentonar con el resto del mundo, corta el aire con notas rítmicas improvisadas, concédeme la libertad de elección.
Ven, regálame la naturaleza y las artes inmortales, finge enfadarte cuando me burlo de ti con cariño, observa como me marchito bellamente.
Ven, acompáñame durante el resto de mi vida.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Dueto de cuerdas.

En estos instantes, dispuestos a confesar, abrimos el pecho, cerramos la garganta y dejamos que sean los ojos quienes hablen por nosotros.
Y nos gritamos en silencio lo que somos, lo que nos mostramos confiando el uno en el otro: heridas de guerra cicatrizadas, que aún duelen si se rozan, que aún saben a derrota. Mariposas negras, muertas. Reacciones químicas, que jamás llegaron a producirse. Relicarios de cenizas de difuntos. Rosas marchitas en pleno florecer. Mares embravecidos, teñidos de sangre. Huracanes con olor a salitre y gasolina. Diferencias existenciales entre A y B. Tiempo escupido al vacío de los años. Música en espiral que asesina los oídos. Poesía rota en medio de una ciudad. Errores jamás aceptados por las circunstancias. Distancia que se agolpa en las esquinas. Cofres repletos, ocultos a los mortales. Talentosos supervivientes del inframundo. Palabras que no llegan a ninguna parte. Lágrimas que nunca inundan pupilas.
Que tú y yo somos eso.
Decadencia y languidez, entramados de piel y huesos descosidos, corazones sin freno y marcha atrás, cigarrillos apagados por la lluvia, barbitúricos que no salen del cajón, memorias de almas en pena, último grito de libertad de presos, nitroglicerina sin envasar, soles fundidos en medio del desierto, barcos que han olvidado cómo navegar, cuadros que cuelgan ahorcados, sueños que no pueden realizarse, lugares de los que no se sabe regresar.

sábado, 16 de marzo de 2013

Ida y vuelta.

Ahora que está ahí, a tu lado, hazme este favor.
Quiérela como yo nunca pude hacerlo.
Me faltó tiempo; si no, le hubiera dado todo.
En este preciso instante lo necesita más que nunca.
Da igual que se haga la fuerte, con su característico fingido aire de desinterés total, mientras lees esto.
No hay que decir, si la conoces, que estará pensando en sus cosas, cuidando de no exteriorizar sus sentimientos.
Pero, ¡ay!, ¿la has visto cuando, sin querer, se le escapa una de esas sonrisas suyas tan maravillosas que tiene? Que la ves y se te contagia esa alegría y esas ganas de vivir la vida, esa forma de vivir cada segundo como si fuera el último. ¿No es cierto que no necesitas más?
Ella ya es preciosa de por sí sola, pero así está aún más preciosa, todo hay que decirlo. Incluso triste sigue estando preciosa. Sé que no permitirás que esté triste y harás lo que sea por sacarle una sonrisa, como yo, como todos los que la conocen. Una vez que consigas una leve sonrisa, no te conformes con un gracias porque, querido amigo, tratará de engañarte con eso. Cuando se levante, te abrace, te mire a los ojos y puedas asomarte al borde del abismo de los suyos; solo así, será su verdadero gracias y habrás ganado la batalla contra su tristeza.
Tendrás que ser paciente con ella, porque es una cabezota y no se deja apenas influenciar, es de esas personas que tienes que repetírselo muchísimas veces para que te crea a medias, con suerte.
Oh, cielos, la echo tanto de menos... Añoro todo lo que tenga que ver con su ser. Añoro incluso esos brotes de euforia que tenía, que eran como un momento de liberación de toda su energía contenida. Yo la miraba, asombrado y extasiado al mismo tiempo, sintiéndome especial por tenerla a mi lado, a ese pequeño tornado que no se estaba quieto ni un segundo, que transmitía la vida.
Mis días favoritos eran sus días tranquilos, aunque tan tranquilos no eran, pero siendo como es ella, podría decirse que sí. Los recuerdo muy bien. Su gesto era alegre y sereno, y sus ojos miraban a todas partes, captando con su mente todos los recuerdos que podía y extasiándose con lo único que, según ella me decía, nunca dejaría de sorprenderla y amaría para siempre: la vida. Hasta cada ínfimo detalle lo supervisaba, no se le pasara algo por si luego, su curiosidad sintiera como un vacío de saber. Y en esos instantes, cuando sólo se escuchaba nuestra respiración, se giraba hacia mí y me miraba con un gesto de fastidio, por espiar su intimidad que no me incumbía para nada. Entonces me saltaba encima y me atacaba donde podía suavemente, para no hacerme daño; y yo, para no hacerla daño, la dejaba hacer.
Sí, es mi debilidad. Tiene ese todo que me encanta, que me hace vulnerable frente suyo y que hace que se convierta en la niña de mis ojos. Pero sobre todo, son esos ojos suyos que me tienen loco, pequeños soles negros que si se fundieran verías en ellos lo más hondo de su ser.
Ahora yo estoy demasiado lejos para poder ayudarla, para poder quererla como la he querido, para sentirla a mi lado como siempre una última vez.
Por eso te pido que cuides a mi estrella guía, la que despunta al alba.
Si tú también te has perdido como ella, o con ella, abrázala cuando la situación lo pida, no la descuides en ningún momento y no la dejes irse de tu lado jamás.
Si te vas, intentará no entristecerse; pero con toda seguridad, perderás a esta pequeña para siempre, y para siempre puede ser mucho tiempo.

viernes, 12 de octubre de 2012

Tormenta de arena.

Me he dormido con un regusto dulce de alcohol en los labios.
Y me he despertado al amanecer, con marcas del beso de una fiera en el cuello.
No tengo sueño; estoy nerviosa y no entiendo por qué.
Intento dormir, lo juro, pero no soy capaz de pensar en otra cosa.
Traición.
Me quema todo el cuerpo.
No he hecho nada malo, ¿o sí?
Estoy perdida, confusa.
Mi mente vuela entre delirios de un etílico que no ha llegado a aparecer.
Jadeo y farfullo sin sentido, ni yo misma sé que pretendo decir.
¿Qué me voy a contar? Si ya lo sé todo, si poco a poco comienzo a recordar...
Estaba yo. Y estabas tú. No, tú no estabas. Estaba él.
Pero no sólo estaba él; estaban también sus manos, su pelo, su voz, su caricias, sus labios, sus ojos arrogantes...
Una cabeza que estalla aquí mismo, una flor que nace en algún lugar al mismo tiempo. Los pétalos se abren lentamente, saludando al sol mientras este los besa. La cabeza queda sostenida por un hilo ante el vacío de la amargura.
Sus ojos miran mis ojos, su manos sostienen las mías, sus labios se abren y se cierran al compás de la música, el aire arrastra el aroma de los productos que ha usado recientemente: champú, colonia, ginebra...
Las sensaciones se agolpan, mis sentidos pierden el norte, y yo... Termino por dejarme arrastrar, da igual a dónde vaya.
Una caricia suya en mi pómulo que desciende hasta el cuello, mis dedos que se aferran a sus hombros, un suave mordisco en cada una de mis muñecas, mi cintura que incita a soñar, sus manos que se deslizan ávidas...
Y apareciste tú. Pero no eras tú. Creía que eras tú. Tal vez esperaba que me rescatases. ¿De qué? No sufrí.
Miénteme, gritaste en mi mente. No quiero saber qué has hecho. Deja por una vez de lado la triste realidad.
No, cuéntamelo tú antes de que lo hagan otros, dijiste luego. Por favor, es lo único que te pido.
¿Lo llegaste a decir?¿Qué hubieras preferido decir en tal caso? Es todo mi cabeza... ¿o no todo?
Déjame sola, no quiero hablar, cierra la puerta, no me llames tan temprano, vuelve mejor mañana.

martes, 25 de septiembre de 2012

Trisquel.

Otra vez lunes. Sigue la rutina.
No le apetece nada levantarse. Sabe que hoy será igual que otros días. Se despereza y sale de un salto de la cama. Lentamente, se dirige hacia el baño y se mira en el espejo. No tiene buena cara. Si hubiera preparado antes la exposición...
Cierra los ojos y los abre de nuevo. Ya no está en su casa; está en una playa con el sol de atardecer como telón de fondo y las olas del mar, que coronadas por penachos de espuma plateada, mueren en la orilla. Después esa risa, que es como una ducha helada en el infierno, y también ese dulce canto, llegan a sus oídos. Mira a su alrededor. No hay nadie. Sin embargo, la melodía parece provenir de todas partes.
Sacude la cabeza enérgicamente. Está de nuevo en el baño. Suspira profundamente y se da una ducha rápida. Se siente algo mejor.
Con la ropa ya puesta, se dirige hacia la cocina y se prepara café. Las paredes inmaculadamente blancas parecen realzar el silencio que se cierne sobre la casa, siendo solo interrumpido por el crepitar del café haciéndose.
Apaga el fogón y se coge lo indispensable: una taza, una cucharilla y azúcar.
Nada le viene mejor que un café caliente por la mañana, que le deja despejado para todo el día. Mira el reloj. Si no se da prisa, llegará tarde.
Aferra el abrigo y el estuche y cierra la puerta de un portazo.
El tráfico está concurrido esta mañana. A decir verdad, como siempre. Es lo que tiene vivir en la ciudad.
Camina deprisa, saltándose de vez en cuando algún que otro semáforo. Si sigue así, llegará con el tiempo justo.
El olor de los panes y pasteles recién hechos y del café caliente en los bares se abren paso e inundan la calle. Le dan ganas de comer algo pero no debe pararse, su obligación es llegar a tiempo.
A la vuelta de la esquina, a lo lejos, su destino con aire rústico se alza entre modernos edificios. Ya casi está ahí. Acelera un poco el paso.
Nada más abrir la puerta principal, ya se escucha el rumor de personas charlando y el arrastre de sillas y mesas por todo el edificio.
Abre la puerta del aula y se dirige a su sitio. Las clases están a punto de comenzar. Le lanzan alguna que otra mirada pero, está en su mundo propio y ahí no recibe. La campana resuena por los pasillos y las puertas van cerrándose lenta y sucesivamente. La suya también, con la entrada del profesor.
Desenfundan todos. Le toca exponer. Se levanta sin prisa hacia el estrado enfrente de la pizarra. Todos los demás están atentos para tomar apuntes e ideas que les sugiera su obra.
Mientras le advierte que puede empezar, solo piensa en una persona.
Siempre se acuerda de cada pequeño detalle, por insignificante que parezca, y piensa en volver a estar a su lado de nuevo, en lo que la quiere y en lo que la echa de menos.
Y es que, tras ese gesto de indiferencia, su corazón está sufriendo por esa persona intensamente.

Atlántico norte.

Ahí estaba, tumbada encima de la cama. Inmóvil, con una respiración regular y los ojos cerrados.
De no ser por su pecho, que ascendía y descendía lento, casi imperceptible, cualquiera habría dicho que estaba muerta.
Tenía la piel pálida, enfermiza, espectral; la cara contraída en una mueca de calma y seriedad, capaz de helar el infierno mismo.
Parecía que el tiempo no transcurría en la habitación, como si el gesto pudiese detener el tiempo; congelándolo, haciendo a los segundos parecer años.
Unas horas y otras más pasaron, y varias después, abrió los ojos lentamente, sin prisa.
Tenía la mirada perdida en el techo, mientras parecía buscar dolorosamente algo, entre el invisible infinito.
Entonces, se incorporó sobre su abdomen, y se levantó de la cama pesarosamente. Estaba ya harta de pensar, de sufrir, de callar, de anhelar. Fue directa al armario, y empezó a vestirse, de esa forma que sólo ella sabía: espontánea, reflejando los sentimientos del alma, con un algo indefinido, capaz de causar destrucción a su paso. Ya arreglada(con un aspecto presentable, más bien), salió de casa, sin notificar a ninguno de sus habitantes su ausencia.
Tras caminar un par de kilómetros, los pinos y eucaliptos comenzaron a abrirse camino a su paso, marcando la aproximación a su destino. Algunos la hubieran tomado por loca, otros por aventurera, y unos últimos, ni siquiera se habrían fijado en ella. En una última curva del sendero, una gran explanada se abrió ante ella, colocada sobre un acantilado frente al océano. Corrió hasta el final, justo hasta el borde del precipicio, donde freno en secó. Mientras el polvo se levantaba y unas piedrecillas caían al vacío, ella inspiró el aroma a salitre, dejando que inundase todo su ser.
Miró hacia su izquierda, y encaminada y decidida, descendió la enorme escalinata que iba pegada al abismo. Tocando el suelo grisáceo, llegado al final de las escaleras, empezó a arrastrar el pie en círculos elípticos, sobre sí mismo. Sabía que le esperaba si continuaba. Respiró profundamente y se decidió a caminar; ya estaba allí, ya no iba a tirar la toalla. Poco a poco, empezó a coger velocidad, hasta acabar corriendo todo lo que sus piernas le permitían. Si la roca gigante, que emergía de la nada, no estuviese ahí, se habría desanimado en su carrera, notando el cansancio, la falta de aire, la sensación de asfixia. Pero estaba ahí, dándole ánimos a seguir sin detenerse; y cuando al fin llegó junto a ella, se tiró al suelo, echándose a rodar y a girar sobre sí misma. No le importaba ensuciarse, ya se limpiaría después.
De repente, un recuerdo le atravesó la mente, haciendo que se detuviesen bruscamente sus movimientos. Boca abajo, quedó quieta, y empezó a reírse como una loca. Raramente, concluyó la risa espeluznante e inició un  llanto lastimero. Fue algo extraño. El lagrimeo cesó, y su demente cabeza se puso en funcionamiento de nuevo. Se levantó, con mirada fiera, cuando otro recuerdo le atravesó la mente. Los recuerdos no dejaban de acribillarle, mientras ella se encaminaba directa a la orilla del mar. Con el agua casi rozándole los pies, y el olor marino haciendo un efecto relajante, se despojó de su abrigo y calzado, ladeando la cabeza. En un acto impulsivo, se metió en el agua, inclinándose hacia delante para realizar una perfecta zambullida de cabeza. Y tras varios segundos, que se hicieron eternos(pues el agua esta vez, por raro que le pareciese, le pesaba a su alrededor, sobre su cuerpo, en sus pulmones), emergió de las profundidades como una sirena, como la reina de este elemento. Paso a paso, salió del gran azul, tranquilamente. No le importaba estar mojada, pues se encontraba muchísimo mejor.
Volver a aquel lugar le suponía una tortura. Le hubiera gustado no volver nunca más, pero por alguna extraña razón, no podía; su corazón la obligaba a volver, haciendo que se auto-preguntase si le gustaba infligirse dolor, pero la respuesta simple siempre aparecía en su cabeza como un mantra.
No le gustaba el dolor, no le gustaba para nada; solamente estaba asustada. Tenía miedo de olvidar los recuerdos, esos que tanto daño le causaban; pero sobre todo, tenía miedo de olvidarle a él. Desde que le conoció, hasta que se dijeron el último adiós, le había parecido la persona más maravillosa del mundo.
Siempre se preguntaba si él la esperaba, como ella le esperaba a él; si aún la llevaba guardada en su corazón. Y respecto a ello, lo que podía estar sucediendo, era puro pánico y terror.
Normalmente, actuaba de forma extraña, pudiendo pasar por loca. Cada poco le añoraba y se le humedecían lo ojos, bailaba vals descalza, canturreaba las mismas canciones como un disco rayado, le hablaba al viento sin esperar respuesta, y se encerraba en su habitación, durante horas y horas, sólo para contemplar el cielo desde la ventana. Podría pasar por loca, sí. Sólo de recordarlo le entraban escalofríos, como si su cuerpo lo hiciese a traición, y otras, involuntariamente, sonreía como una tonta.
Al hacerlo, su mejor amigo ya sabía en qué(quién) pensaba exactamente. Él le había hecho de diario y siempre le había sido fiel, por eso ella le adoraba, a pesar de curiosas manías que tenía. Se tenían el uno al otro, y eso era casi suficiente para ella; no había poco más que necesitara.
Recuperando sus pertenencias y colocándolas sobre su aterido cuerpo, escribió un verso de un poema sobre la arena y volvió sobre sus pasos, hacia el acantilado. Esta vez, se limitó a caminar por la orilla, como ya había hecho más veces antes de la mano. Ya subidas las escaleras, se giró sobre si misma y contempló su paraíso. La playa se veía en todo su esplendor desde allí.
A lo lejos, se encontraba la piedra y el verso, que aún no había sido borrado aún. Un fugaz recuerdo se coló en su mente, provocando que rodase una veloz lágrima incontenida, que rápidamente se enjuagó, borrando cualquier rastro de tristeza.
Y mientras se alejaba de su lugar favorito, de su paisaje para enamorados, de sus recuerdos inmortalizados, de una parte de su vida, de su playa(la de él y la de ella), sonreía como no lo había hecho desde hacía muchísimo tiempo, desde el día en que se dieron el último beso.

Inevitable.

Soy alguien para ti.
Soy alguien a quien amaste y no debías, soy alguien que te amó y no estaba seguro de lo que sentía, soy alguien que te hizo reír, que te dio motivos para seguir.
Soy alguien a quien regalaste tu voz, soy alguien que te escuchó y te comprendió, soy alguien que te dio cariño y te mimó, que te dio la vida y te la quitó.
Soy alguien por quien la gente te cuestionó injustamente, alguien que con un solo beso te sumergió en delirios, alguien de un día que te quedará marcado para el resto de tu vida, que te trató y adoró como si fueras un dios.
Soy alguien que te cuidó y cogiste cariño, alguien que en cada contacto te provocó un escalofrío, alguien que supo ver la luz en tus profundos ojos negros, que podría escribir poesía con cada sonrisa que le provocaste.
Soy alguien que no eliminarás jamás de tu memoria, soy alguien con una dulce y entrañable personalidad, soy alguien de quien por mucho que te quieras alejar seguirá a tu lado incondicionalmente, que te piensa mientras está despierto y te sueña mientras duerme.
Soy alguien esclavo de tus silencios y tus eternas miradas, que hablan por sí solos.

Sufrimiento aceptable.

¿Te vanaglorias por haberme alcanzado?¿Te enorgulleces de ello?
Tú, infame traidor que, sin avisar, llegaste a mí y me disparaste tus flechas envenenadas. Tú, al que nadie ve pero le sienten. Tú, a quien la mayoría espera con los brazos abiertos. Vil casanova, que elige a sus pretendientes; ¿no te das cuenta de que sufren?
Puede que lo hagas y no te importe verlos así: obsesionados, drogados, llevados a la locura. Gran maestro que encandilas a todos, que hechizas todo a tu paso, con solo ser pronunciado tu nombre, con solo aparecer por la puerta.
Yo no soy más que otra víctima de tu embrujo, seducida por tu apariencia y engañada por tu palabrería. Me mantienes, cual frágil princesa, en lo alto de una torre, esperando al príncipe encantador que viene contigo, amor; que si no volvieras sería mi final.
La sangre de mis venas se extinguiría, quedaría mi orgullo manchado, perderían el brillo mis ojos y escocerían de tanto llorar, haciéndome desear mi suicidio. Entonces todo terminaría.
Amor, que por dar vida, matas.
Pero aún no es mi hora. Sigo siendo tu esclava. He sido burlada por el destino, quien ha conseguido que te internes más en mi corazón y sufra lo indebido.