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jueves, 5 de mayo de 2016

Corazón.

Ayer me dio tiempo a enamorarme. No de ti, ni de mí, ni siquiera de nosotros. Me enamoré del momento. Caí en la cuenta de ello justo al pensar que no podría haber ido mejor de haber sido planeado. Aunque olvidé mantenerme alerta a universales imprevistos que suelen aparecer.
Hice un viaje astral entre las constelaciones de lunares de tu cuerpo, dejando que la gravedad fuese inmanente de mis manos y tu pecho, y comprendí que el planeta rojo no podría regalarme mejor paisaje que la naturaleza de tus iris.
Debería darte las gracias por quemar el hielo adherido a tu piel al entrar en contacto conmigo, por hacer de mí Mercurio maleable. Y sin embargo, no puedo no recordar ello como una estrella fugaz: bella, intensa, desgarradora.
Más que todo esto, debería pedirte perdón por aterrizar a 2s/años luz, porque yo tengo la costumbre de llevar vida de cosmonauta, con eso de no detenerme mucho tiempo en un lugar fijo, y quizá acelerar la partida con crack te dejó momentáneamente fuera del espacio sideral. Sin embargo, no puedo no odiar que Orión se acople a mis labios y extienda su incansable parpadeo por todo mi cuerpo.
Y aún más que todo lo anterior, debería haber congelado todo con nitrógeno líquido, porque así la luz lunar no hubiera entrado por la ventana a besarme los párpados y, entonces, yo no me hubiese quedado eclipsada al contemplar la explosión de la Vía Láctea. Y de ese modo, habría evitado que un desmedido frío polar nos sacudiese las órbitas, que un asteroide en estado líquido estallase en delicados cristales, que las ondas gravitacionales me arrastrasen al punto de no retorno y que tus pulmones se viesen mezclados con tolueno en espiral.

martes, 29 de marzo de 2016

Piel de tigre.

Caminas, caminas y no te detienes hasta llegar a ese sitio frente al mar donde te gusta sentarte, dejando las piernas colgando sobre el abismo, respirando el salitre que llevas dentro de tus pulmones y ya se ha adherido a tu piel.
Entonces cierras los ojos y te dejas llevar, y cuando vuelves a abrirlos, te sientes más nerviosa y más chispeante, más feliz por vivir. Y sin pensarlo demasiado, saltas al vacío, quizá porque en verdad llevabas un rato deseando hacerlo.
Mientras suceden tres segundos en que tu cuerpo responde a la gravedad, para ti eres como aire: libre, fluctuante. Y cuando aterrizas, flexionas las rodillas y agachas la cabeza, reduciendo el impacto. Así es como comienza el juego para ti.
Levantas la cabeza rápido, mirando al frente, y echas a correr hacia los túneles macizos mientras el ruido del mar golpea sus paredes y envuelve tus oídos, campando a tus anchas por ese espacio entre tierra y agua. Sin parar de correr, unas veces te agachas, otras esquivas, otras giras y otras trepas para volver a bajar. Y en tu viaje en espiral te cruzas con muchos gatos, que se equiparan a tu agilidad y velocidad, considerándolos rivales dignos para dedicarte a perseguirlos por diversión.
De ese modo, el tiempo y tú os hacéis uno en esos recovecos: corréis, os agotáis, ganáis experiencia y sabiduría. No dejáis de continuar, no os detenéis, siempre adelante, nunca hacia atrás.
Hasta que llegas al final del túnel y sales a la luz del día, donde se detiene el cronómetro y ves que has mejorado tus marcas. Aún puedes seguir considerándote medio gato, aún sabes que les va a ser difícil atraparte, aún tus ojos siguen viendo mejor en la oscuridad. No querrías abandonar esa parte de ti que tanto te gusta, que te hace sentirte algo diferente al resto; aunque te haga de lo más esperpéntica y excéntrica.
Tras tantos minutos bajo bloques, vuelves al punto inicial y te sientas con satisfacción, dejando que una ola de serotonina te bañe el sistema nervioso y dejando que las olas marinas te bañen los ojos desde su cercana distancia.
Y vuelves al ahora, más tranquilo y apagado, más triste por verte muerta. Y sin pensarlo demasiado, te levantas del suelo, quizá porque en verdad llevabas un rato lamentando hacerlo.

martes, 22 de marzo de 2016

Adagio.

Qué luz oscura, qué poder inevitable
emana de tus ojos cuando me miras fría,
sedienta de ser acogida en un abrazo,
buscando saberte religión, redención.

Qué bello placer, qué electricidad te tiñe
al encontrarte, de nuevo, inspiración de
mis besos más escandalosos e incendiarios,
desatando pasión marchita y desenfrenada.

Qué soledad te apresa en esta habitación
-y ella, a sí misma, en tu derruida mente-,
mirando a la gran crisálida azul que,
lejos de verse muerta, atrapa sueños.

Qué desastres y destrozos originas
cortando el aire con tu risa desinhibida
-especialista en largas noches suicidas-,
viajando a nuestros paraísos artificiales.

Qué nihilista te comportas al bailar,
desenvolviéndote en el campo de tiro,
jugando a incinerar infiernos desolados,
ocultando el mapa del abismo que te recorre.