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lunes, 14 de marzo de 2016

Danza de demonios.

Te levantaste esa mañana dispuesto a salvar el mundo.
-¡Voy a ser un héroe!- dijiste con gran ilusión e ímpetu.
Yo, que aún me revolvía entre las sábanas a tu lado, te miré maravillada, con trazas acuosas de amor en las pupilas.
Debiste creer ver en mi cara una mueca de burla, porque de repente te levantaste molesto, apartando las mantas de tu cuerpo que aún dejaba sentir la noche anterior, y me diste voluntariamente la espalda mientras descorrías las cortinas.
Me quedé mirando para ti con fastidio por haberme malinterpretado, con el pelo despeinado de ignorar arreglarlo voluntariamente y el pecho firme ascendiendo y descendiendo con parsimonia, mientras esperaba a que te volteases para asesinarte con la mirada. A pesar de ser yo quien te había otorgado esa costumbre, no lograba entender esos arrebatos de orgullo, violentos y sin motivo, que ponían distancia entre tus manos y mi cuerpo acusándome de ser yo quien provocaba esa reacción.
Cuando te diste la vuelta, tus ojos me examinaron por inercia y nos entró un hambre voraz, destapado por el frenético ritmo cardíaco que golpeaba nuestros huesos. No pudiendo remar contra el instinto, te acercaste al borde de la cama y dejaste caer un suspiro profundo y oscuro, como si un animal se hubiese apoderado de tu espíritu, haciendo que mis mejillas se encendiesen y el resto de mi cuerpo perdiese su color. Inmóvil yo y tú arrastrándote hacia mí sobre el colchón, acabamos por unirnos en el preciso momento donde tus dedos contactaron con mi mandíbula.
-Y tú vas a ser mi heroína- susurraste desde el fondo de tu garganta, -como siempre lo has sido.-
Mentiría si dijese que no entendí tus palabras, porque yo, que estaba ahogada hasta el cuello en un mar de sustancias, sonreí sardónica como lobo feroz dispuesta a que suplicases; y tú, que estabas hasta la polla de aguantarte las ganas, me hiciste descender a la almohada de cabeza por mi insolencia.
Me quedé con ganas de decirte que tú siempre eras el héroe, salvándonos de la oscuridad que siempre nos rodea, pero acabé por entender que, en esos momentos, sobraban las palabras.

martes, 2 de febrero de 2016

Inherencia.

Me desencajé los huesos y abrí el corazón a las nubes borrascosas del ocaso.
Me quemé los dedos y busqué la primavera en las hojas que deja el invierno tras de sí.
Me calenté las manos suspirando sobre ellas y vislumbré recuerdos de un pasado marchito.
Me lamí los labios y encontré un corte vertical que quemaba al tocarlo, como algunas viejas heridas.
Me miré en el espejo y me descubrí despeinada, somnolienta, viva y muerta, fría.
Me golpeé contra sentimientos ininteligibles y me hallé esperpéntica buscando darles cabida.
Me desabroché los botones de la camisa y me anudé la faringe para no hablar de más.
Me senté sobre la mesa y calculé los minutos que quedaban para alcanzar la cúspide del aburrimiento.
Me asomé desnuda a la ventana y liberé lo que quedaba encerrado de mí como mujer.
Me sorprendí al pensar que hoy era lunes y descarté alunizar al ver que ya era martes.
Me dibujé a lápiz sobre una vieja libreta y coloreé el papel con tonos azules pastel.
Me olvidé de que aún quedaban cosas por decir y me escapé hacia mí misma en búsqueda de paz.
Me dispuse a desarrollar otro día más y me hice poesía sin prestar atención.
Me taladré que el arte no tiene por qué ser bello y me acordé de que sólo debe hacernos sentir algo.

lunes, 25 de enero de 2016

Cohete.

Qué te voy a contar de esa muchacha que incendia ciudades. Arrasa tierras, mares, cielos; lo que se le encuentre.
Podría incinerarte y no te darías cuenta del momento en que va a prender la llama. Estarías tan absorto descifrando sus ojos de espiral que, cuando te vieses reflejado en ellos, sólo verías fuego crepitante.
Que te voy a contar de esa muchacha que suma inviernos. Las primaveras le traen deshielo a los labios y hacen de su cabeza psicodelia.
Podría no contar contigo y aún así soplarte tártaro directo a tus pulmones. Estarías tan paralizado por el hielo que, cuando sintieses el calor punzante, se habría vuelto humo y dejaría que la llevase el aire.
Que te voy a contar de esa muchacha que besa estrellas. La noche la despierta por las mañanas mientras el sol se cubre tímido, como eclipsado.
Podría besarte los párpados y devolverte la luz que alguna vez te fue arrebatada. Estarías tan pausado que, cuando vieses con total claridad el mundo que te rodea, comenzarías a razonar a velocidades vertiginosas.
Que te voy a contar de esa muchacha que baila colores. La sinfonía azul y verde no se compara a la rojinegra.
Podría leerte la escala de naranja atardecer y convertirte en un bello prisma. Estarías tan puro y cristalino que, aún queriendo encerrarlo dentro, se te escaparía el más grande secreto.
Que te voy a contar de esa muchacha que escribe emociones. La tinta corre por sus venas, llenándola, agitándola, murmurándola.
Podría darte a probar una de sus palabras concebidas de metástasis, por gratificar la tentación de codearse con las musas. Estarías tan desconcertado con esa mente impropia que, suave y lentamente, el dulce veneno te exprimiría hasta secar las hojas que forman tu piel.